MUXIMA, ANGOLA – Bajo el sol abrasador de la sabana angoleña y ante una marea humana de más de 30,000 fieles, el papa León XIV lanzó este sábado uno de los mensajes más contundentes de su pontificado. Desde el santuario de Mama Muxima, el centro de fe más importante de la región, el pontífice clamó por un cese a la violencia global: «¡Es el amor el que debe triunfar, no la guerra!».
El mensaje llega en un momento de alta tensión diplomática. Tras las recientes críticas del presidente estadounidense, Donald Trump, el papa no retrocedió. Al iniciar esta gira por cuatro naciones africanas, aseguró que continuará alzando la voz contra los conflictos bélicos, reafirmando que su misión es la proclamación del Evangelio por encima de las agendas políticas.
Un santuario de esperanza y dolor
Muxima, que en el idioma local significa “corazón”, se convirtió en un campamento de fe. Miles de scouts y voluntarios acamparon durante días para asegurar un lugar cerca del “ángel-mensajero” de Roma. Sin embargo, la belleza del rezo del rosario contrasta con el peso histórico de la tierra que pisan.
Aunque el discurso papal se centró en el futuro y la reconciliación, la sombra del pasado colonial es ineludible:
- Muxima fue un centro neurálgico del tráfico de esclavos.
- Durante siglos, la iglesia local fue cómplice de la deshumanización: allí se bautizaba forzosamente a los africanos antes de ser enviados encadenados hacia América.
- Se estima que 3 millones de personas fueron arrancadas de Angola bajo el aval de antiguas bulas papales.
Un programa para la dignidad humana
León XIV instó a los presentes a no ser meros espectadores de la historia, sino “constructores de justicia”. Su hoja de ruta para un mundo mejor fue clara y directa, exigiendo estructuras políticas que garanticen:
- Alimento para quien pasa hambre.
- Salud para todos los enfermos sin distinción.
- Educación adecuada para la infancia.
- Dignidad y serenidad para los ancianos.
«Salgamos de este santuario como ángeles-mensajeros de vida», concluyó el pontífice, mientras miles de manos se alzaban en oración. Para Angola, un país que aún sana las heridas de décadas de guerra civil, las palabras del papa no fueron solo religión, sino un mandato urgente de supervivencia en un mundo que parece haber olvidado el lenguaje de la paz.













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